Un país sin felicidad

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Luis Riveros (columnista)

La desilusión ciudadana y el profundo sentimiento de frustración que inunda a nuestra sociedad, crece de manera desbocada, mientras los poderes del Estado están ensimismados en lo que consideran prioridades, las más de las cuales se alejan de las aspiraciones de la gente. La opinión ciudadana sobre las instituciones y autoridades republicanas es absolutamente deplorable: el Congreso Nacional, el Poder Judicial, los Partidos Políticos, la Iglesia Católica, el Ejército y Carabineros, poco menos que toda la institucionalidad, está objetada y pobremente calificada por la ciudadanía. El Gobierno y su Gabinete Ministerial descienden sistemáticamente en la evaluación que proporciona la gente, y adiciona en forma preocupante al caldo de cultivo que se está generando. Las organizaciones sindicales y estudiantiles no tienen acogida en la ciudadanía, y las marchas y manifestaciones de todo orden han caído en el más absoluto descrédito. Mientras tanto, cunden las acusaciones sobre fraudes y corrupción. La respuesta que perciben las personas ante esto es digna de las peores calificaciones: un Parlamento que no desea legislar sobre temas que son cruciales para el país, más allá de los proyectos que pretenden abordarlos. Un gobierno que minimiza evidentes actos de conflictos de interés y nepotismo, que desprestigian al ejercicio del poder. Un Parlamento que se preocupa de aumentar los emolumentos de sus cargos, más que el cumplimiento de su compromiso ante la ciudadanía, y que privilegia iniciativas menores en lugar de enfrentar los requerimientos de una ciudadanía que reclama por sus necesidades más evidentes. Se ha llegado a contar con un Ministerio Público desprestigiado a los ojos ciudadanos, donde la justicia, además, se percibe como completamente sesgada a favor de los políticos y de quienes participan en este mundo. Del mismo modo, la falta de credibilidad que tienen todos los líderes y agrupaciones, se profundiza ante la crisis moral que se percibe en las distintas confesiones religiosas y las iglesias que las albergan. Frente a esta innegable crisis institucional y política, el país está esperando el liderazgo moral que pueda sacarlo adelante, que tenga una propuesta consecuente y que pueda reconstruir la felicidad que los chilenos hemos ido perdiendo poco a poco. Existe, además, una juventud que observa todo esto con gran desaliento, y que, como resultado, propicia un anarquismo que nos destruirá como sociedad carente de respuestas. Se precisa una respuesta responsable, que actualmente no visualiza actor competente para poder formularla. 


Prof. Luis A. Riveros