El dilema de Latinoamérica: el predominio de la peor alma de la izquierda.

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Rodrigo Barcia (columnista)

Como no hay una sola derecha, tampoco hay una sola izquierda. En términos teóricos y prácticos se suele señalar que hay dos izquierdas. La primera es una izquierda muy ortodoxa, marxista o neo-marxista, que en realidad ataca fuertemente a la democracia liberal. Esta izquierda es la que se supone estaba extinta después de la caída del muro levantado por la extinta URSS, pero que lamentablemente ha renacido en Latinoamérica. Estos movimientos está vez están asociados al populismo en sus primeras manifestaciones, pero en realidad comparten un ideario estalinista. En la actualidad en Latinoamérica Cuba, Nicaragua y ahora Venezuela son representantes de estas formas de dictadura, violadoras de derechos humanos, contrarias al mercado y las libertades más básicas. Una izquierda muy diferente es la izquierda socialdemócrata, que lideró la tercera ola, y que ha sido la que ha liderado varios ejecutivos en todo el mundo. Esta izquierda hoy está en crisis, sobre todo en Europa, no sólo debilitada por la exposición natural de llevar durante varias decenas de años en el poder –aunque de forma alternada-, sino por algo muy grave: el fracaso del Estado de Bienestar.

Este no es un tema menor, y muchas veces subyace en la discusión política. Las muestras de desencanto de la población en Europa en que el Estados ocupa sobre el 45% del PIB es el quid del problema. El Estado de Bienestar si bien provee servicios básicos, también hunde áreas completas de la economía. A ello se suma la destrucción de la familia, como la conocíamos. Este es un fenómeno que en Occidente nos hemos empecinados en invisibilizar. Los europeos hace décadas perciben que su economía y su forma de sociedad están en peligro, y tienen razones para ello. A pesar que la UE es un área que concentra 28 de las economías más relevantes del mundo, sus exportaciones representaban sólo el 15,6% del total mundial. Sus economías han sido superadas por primera vez en la historia por las de China (un 16,1% en 2014, que llegó al 17% en 2016). El crecimiento europeo si se lo compara con Asia y los países en vías de desarrollo, durante los últimos cuarenta años, simplemente es decepcionante. Europa ha caído desde 1913 en que tenía un 33% del PIB del mundo a tan sólo un 20% en la actualidad. Ello a costa de Asia y Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelandia y Austalia. Otro, ejemplo lo encontramos si comparamos el PIB de Alemania con USA. Entre los años 1966 y 2015, el crecimiento anual del PIB promedio alemán fue de un 2,0; en cambio el de USA fue de 3,0. La diferencia es abismal. Algo muy mal han estado haciendo en Europa, y ello se llama Estado de Bienestar. El Estado de Bienestar europeo, en su aspecto negativo, ha hecho crecer de forma exorbitante al Estado, y ello ha impedido el crecimiento de las economías europeas. La media europea de gasto público, aunque ha ido disminuyendo desde el año 2009, cuando alcanzó un récord del 50,1% del PIB, alcanzó el 45,8% en el 2017 y un 45,5% en el 2018. Este es el modelo que está en tela de juicio, y ya los países se han comenzado a dar cuenta que el tener Mega-Estados, aunque generen beneficios sociales, ellos tienen costos enormes en bienestar social para sus poblaciones en las áreas de la economía que se ven afectadas con impuestos y cargas exorbitantes.

Para la izquierda, sin embargo, existe una tercera opción, y ella consiste en que también se puede lograr grados relevantes de igualdad -a través de la de focalización de los recursos que el Fisco recibe de los particulares, a través de impuestos-, focalizando en los más pobres. Esta es precisamente la opción que adoptó, tal vez de una forma un tanto inconsciente la Concertación durante los años noventa y principios de siglo en Chile. Es lo que unía a personas como Aylwin con Boenninger, la Bachelet de su primer gobierno con Velasco, y lo que impulsaron los gobiernos de Frei y Lagos. Las políticas sociales se ejecutaban no generando igualdad material, como intento hacerlo la Unidad Popular (UP), sino igualdad de oportunidades. Así por señalar un ejemplo la UP intentó fijar precios máximos de arriendo de viviendas –supuestamente para generar un mayor acceso de la población a la vivienda-, lo que produjo el efecto contrario. La Concertación en cambio, preocupada también de la igualdad, busco lo mismo, pero a través de un subsidio a la demanda (por medio del SERVIU). Este sistema permite, teniendo un Estado acotado y bajos impuestos, focalizar los recursos en quienes más los necesitan. Esto es lo que destruyó la Nueva Mayoría, que es una izquierda más radical, por ejemplo, en la educación universitaria. Al igual como aconteció con la fijación de precios de los arriendos, acá se fija un precio máximo por la educación, que se supone gratuito y que permite un eventual acceso universal. Pero, en realidad, lo que pasará es que se desincentivará la inversión, la calidad de la educación caerá y es dudoso que se genere mayor igualdad. Ello es evidente desde que la mentada desigualdad de cuna, tiene que ver con una desigualdad del ingreso, que es muy difícil de impedir que se replique. Lo peor de todo es que estos sistemas no funcionaron en Europa, y menos operarán adecuadamente en Chile. Lo que está por verse si se levanta una izquierda democrática que excluya a la izquierda más radical, que viola derechos humanos, y ataca consistentemente al mercado. Asimismo, veremos si dentro de las dos izquierdas democráticas se impone la igualdad de oportunidades sobre una visión de la igualdad material, más bien basada en el Estado de Bienestar. Lamentablemente, la falta de formación económica en los colegios, liceos y universidades nos está llevando a entender cómo operan los distintos pensamientos de izquierda del modo más doloroso.


Rodrigo Barcia Lehmann

Prof. Universidad Finis Terrae

Dr. en Derecho y Magister en Economía