​Chile la nueva Nápoles

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Alain Marchant slider

Chile se ha transformado en un país peligroso para vivir. Sin embargo, no me refiero a los índices de delincuencia, portonazos o robos a transeúntes y turistas incautos. Si bien existe eso, también existe en otros países robos. La gran diferencia es que aquí, a los medios, les encanta la crónica policial, en cambio en otros países eso no es noticia y no aparece en los noticiarios salvo sea algo demasiado relevante, menos en prime time. Aquí hay una preferencia por consumir morbo e información que realmente no es noticia, pero da la sensación de vivir en una ciudad dominada por la delincuencia cuando no lo es, si nos comparamos con otros lugares del mundo.

Lo que me refiero por peligrosidad es al nivel de corrupción que ha ido permeando a las instituciones en el último tiempo y a todo nivel. Carabineros, militares, políticos y ahora jueces. Corrupción hay también en otros países, no nos engañemos. No existe un país que sea inmaculado, pues donde hay poder y altas sumas de dinero, siempre existirá la tentación y alguien que sucumbirá ante ella. Lo que es grave y ya se ha demostrado en demasiadas oportunidades es que frente a hechos de corrupción nadie es castigado o las penas son ridículas. Lo peor de todo es cuando el organismo que tiene que perseguir o entablar una demanda no lo hace. Y así vemos como gente que ante los reportajes y evidencia periodística y legal tiene los méritos para cumplir condena, al final no lo hace. Es preocupante que un ex superintendente de salud genere normativas que beneficien a las Isapres cuando ya es sabido que es un sistema ya desbalanceado en detrimento de los usuarios y con enormes márgenes de utilidad. ¿Acaso se puede argumentar falta de criterio o falta de mala fe? Si gente sin experiencia, no educada y sin capacidad fuera puesta en los cargos, podría ser una posibilidad, pero la verdad y la evidencia grita muy fuerte. ¿Acaso usted cree que el único involucrado en los casos de financiamiento político es Orpis? Pasamos por los efectos de leyes mal hechas, que no se leen, no se analizan y peor aun, se dictan en función de demagogias y politiquería y no en función del bien común. Estamos a la orden de los “gustillos” que se dan ciertos grupos políticos y el vaivén del lobby y los acuerdos entre cuatro paredes. ¿Se han bajado los honorarios los miembros del Congreso? ¿Qué ha pasado con los viáticos y los gastos en viajes? Todo queda en nada. El gran problema en que nos vemos enfrentados hoy en día en Chile no es la polarización de la izquierda y la derecha, sino la cada vez mayor concentración e interconexión de lazos de poder e influencia entre los distintos poderes del estado y los grupos económicos y organismos de poder. Por ende, falta independencia para poder decidir sin ser influenciados o ser llamados a terreno o pedirse un favor a cambio o cobrar un antiguo favor realizado. Los llamados de teléfono y reuniones privadas están a la orden del día. Todos son jueces y partes y además todos están involucrados en primer o segundo grado o tangencialmente. Así es como vive la ciudadanía finalmente, como el hermano del medio de una familia, donde el mayor esta coludido con el padre, el menor con la madre y los esposos tienen su propio arreglo entre ellos. En esa ecuación el único que está en una trampa sin salida es el hermano del medio, la clase media, la que no obtiene nada sino por su propio esfuerzo. Nos estamos transformando en la Nápoles de Sudamérica donde la mafia permeaba a todos; pero la nuestra es más mortal, porque es de guante blanco, sin sangre ni sicarios. Es de aprovechamiento y de injusticias que ocurren en el bolsillo personal y en la dignidad, por ende más silenciosas y menos dramáticas. Todo esto ocurre mientras vemos Netflix, nos sacamos una selfie y damos “like”en redes sociales y aprovechamos de discutir entre nosotros, abanderándonos por uno u por otro bando cuando, en realidad, son uno solo. El crimen perfecto.


Alain Marchant

Ingeniero Comercial PUC


Presidente ejecutivo Seven Seas