Bolívar ha muerto

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Enrique Goldfarb (columnista)

Maduro, siguiendo la huella de su mentor Chávez, se ha formado un mundo mental a sus anchas, empapado de una retórica que mezcla elementos históricos y los distorsiona para acomodarlos a su conveniencia.

En primer lugar, se ha adueñado de la figura de Simón Bolívar, venerado en la región de una manera mucho más extrema, casi fanática, que lo que los chilenos sentimos ante nuestros padres de la patria. Bolívar fue el gestor de la independencia de varios países latinoamericanos, como Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. Considerado internacionalmente como el político y militar más importante en la historia de nuestro continente.

Maduro se apropia de su aura, y lo convierte en una especie de demiurgo que guía los destinos no solo de Venezuela sino, así lo sueña, de todo lo que una vez fue la Gran Colombia. Entonces Bolívar pasa a ser degradado desde el Gran Libertador al Gran Tirano.

Porque Bolívar nunca contempló ser el garante de una camarilla de delincuentes y narcotraficantes que tiene secuestrado a Venezuela y que la independencia que les legó fuera la privación de comida, de medicamentos, de esperanza para sus ciudadanos. Una fantasía que sobrevivió gracias al petróleo, pero que una vez terminado su ciclo emerge la realidad de un gobierno y un sistema que no logró construir nada perdurable. En lugar del agradecimiento de su gente, Maduro consiguió lo que solo hacen las guerras y las catástrofes naturales: el éxodo de 5 millones hacia cualquier parte menos Venezuela.

Es difícil que Maduro simule su actuación. Cuando habla lo hace con una convicción y entusiasmo que sólo puede hacerlo quien se cree el cuento. Ahora le ha dicho al Papa que él es un soldado de Cristo, campeón de los oprimidos. Es tal su delirio que si fuera llevado a juicio, sus abogados podrían alegar insania.

Afortunadamente los días de Maduro están contados. Con ello el Bolívar del chavismo habrá muerto y el verdadero Bolívar habrá vuelto a nacer.


Enrique Goldfarb