Palma Salamanca

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Enrique Goldfarb (columnista)

Tuve oportunidad de ver el video donde aparece el asesino confeso del senador Jaime Guzmán, agradeciendo a todos los 

que terciaron por él para que su crimen siguiera quedando impune, esta vez bajo el amparo de Francia. Una persona extraordinariamente violenta, escondida tras una cara de bueno, hizo fe de su historial al no manifestar el más mínimo arrepentimiento. Veo a Palma Salamanca como un soldado, o más bien un sicario, que asesina bajo las órdenes de quienes manejan los hilos de la ideología marxista. Esta ideología, entre paréntesis, y para todos los que no hayan leído la biografía de Marx, ve al resto de la sociedad que no es proletaria, como un mortal enemigo al que hay que eliminar.

De modo que por ahí se entiende su tranquilidad absoluta, acompañada del alivio de haberse salvado de la espada de la justicia. Y del mismo modo se entiende que para Palma Salamanca, y para todos los marxistas, existe un estado de guerra con la sociedad burguesa, esta que se llama democracia y en la que afortunadamente todavía vivimos. Y como tal estado de guerra, los similares de Palma Salamanca fueron perseguidos durante el gobierno militar, para evitar que se tomaran el poder. Un poder, que como lo estamos viendo en vivo y en directo todos los días, tiene a Venezuela secuestrado por una banda de delincuentes, con nexos con el narcotráfico y con Cuba.

Cuando mostraron el video comentaron que Palma Salamanca estaba acompañado por una señora Santibáñez, y salté. ¡Tate! Ahí está la guerrillera más furibunda de todos, la que dijo … ¡y bien muerto está el perro! respecto de la polera de Boric con la efigie de Jaime Guzmán, con el rostro destrozado por las balas del festejado. Eso, si bien es una guerra, no es una guerra cualquiera, es el Estado Islámico personificado en el marxismo. Lo patético es que la acompañante no era “la” Santibáñez que dijo eso, sino la ex agregada “cultural” en Francia.

Por último, y a propósito de magnicidios, se debe tener en cuenta que el asesinato de Jaime Guzmán fue el primer magnicidio que ocurre en la historia de Chile, donde además de senador fue una figura de enorme influencia, más que la de muchos que fueron presidente, lo que queda demostrado por el contrato que recibió el sicario Palma Salamanca para acallarlo.


Enrique Goldfarb