​Pobres Carabineros…pobre Gobierno

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Enrique Goldfarb


La verdadera ola de pesar por la muerte del joven comunero…desde interrupciones de tránsito y violentas protestas en la capital hasta la totalidad del periodismo de luto activo, terminando con los reproches…al voleo, del propio ministro de Justicia, me hizo echar de menos manifestaciones similares por el asesinato-semi impune- del matrimonio Luchsinger. Excepto para los sufridos habitantes de la 8ª, me atrevería a decir que, para las masas, pasó casi desapercibido. Éste, en cambio, y para prevenir una acusación constitucional, le costó la salida al intendente de la región. ¿En qué atropelló la constitución el excelente intendente, miembro activo del Plan Araucanía que pretende darle al pueblo mapuche paz y prosperidad?

Sin pretender ignorar lo que significa perder una vida, uno piensa que si el joven comunero hubiera sido un chico ejemplar, de misa dominical, y de repente aparece un carabinero que le dispara en la cabeza, la indignación producida estaría plenamente justificada. Sin embargo, me tocó ver en la TV un video donde aparece el joven-conocido como receptor de especies robadas- en una escena de furia contra las fuerzas de orden y seguridad, haciendo repetidas alusiones a las señoras madres de los funcionarios policiales, pasando luego a agresiones físicas directas a los carabineros. Todo esto en una región donde diariamente se incendian camiones, tractores y casas, y que se nos asemeja a una zona de guerra.

Arrinconadas, autoridades manifiestan que existe un protocolo donde el carabinero debe medir la fuerza de la agresión para responder en forma proporcional y adecuada. Pensé en el carabinero en el suelo, siendo pisoteado en la cara, por enfurecidos “estudiantes”, y como estaba inerme, me imagino que estaba midiendo, con alguna lentitud, la agresión de que era víctima.

Hace algunos días, pudimos apreciar -gracias a un video solicitado por el propio victimario- cómo un estudiante de 8º básico le pegaba un sendo puñetazo a un profesor, que ni siquiera era su profesor, por el llamado al orden que éste le hiciera al aparecer en su clase. Y donde lejos de arrepentirse, el hechor se ufanó de su acto al publicar la grabación. Y en lugar de ser puesto a disposición de la justicia, se le permitirá dar sus exámenes para que no pierda el año escolar.

Esto viene a confirmar que hay una extendida permisividad que tiene a la gente desatada, sin ningún sentido del respeto, y que cuando la autoridad del caso pretende imponer el orden, pasa a ser el ofensor. Mucho se podrá decir acerca de lo que hay que hacer para elevar la dignidad del pueblo mapuche. Sin embargo, creo que no se puede jugar con fuego, y si imponer la propia voluntad por la fuerza, convierte al agresor en víctima y a la autoridad en la culpable, ningún arreglo, ni de esa naturaleza ni de otras, podrá llegar a buen puerto.


Enrique Goldfarb