​Al Maestro… con Cariño

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Luis Riveros

Todos guardamos una bella imagen de nuestro profesor o profesora quien, desde nuestra primera infancia nos dio ejemplo de vida y modeló nuestra personalidad. Quien comenzó también a abrir las ventanas del conocimiento para que pudiéramos asomarnos a través de ellas aunque fuese sólo subrepticiamente. Lo más decisivo fue su ejemplo personal, su dedicación, su integridad como persona, y su manera de contactarse con nosotros, sus discípulos. Todos queríamos ser como esa persona que desplegaba generosamente su ejemplo y sus conocimientos. La profesora primaria, férreamente formada en la Escuela Normal, y que nos llevó de la mano con solemne exigencia para aprender a ser mejores en la vida. El estricto profesor que ambicionaba preparar personas de bien, y que para ello debían sumergirse en la disciplina del estudio para luego practicar en la disciplina del trabajo. El maestro del Liceo, que desempeñaba su ámbito disciplinario con empeño y que proyectaba hacia sus alumnos la formación de un buen ser humano. Un innovador, diríamos ahora: conseguía practicar su oficio productivamente, llevando conocimientos y competencias humanas que nunca se dejarían de lado más tarde. El compromiso del profesor fue la base para el desarrollo de nuestra sociedad, para avanzar hacia su cohesión, para construir modos de poder diseñarla mejor cada vez. Nos enseñaron a expresarnos, a respetar, a tolerar y a disentir. Somos fruto de esa educación que se ha perdido, dando paso a una en la que el profesor es considerado solamente un sirviente pagado para lidiar con niños y jóvenes. Y la familia cada vez menos preocupada de apoyar el trabajo docente, promoviendo en los jóvenes sus frustraciones y escasa visión, como también el desprecio hacia sus profesores, marcándolos además con discursos de indiferencia u odio hacia la sociedad. Es por ello también que ya no es un privilegio estudiar para ser profesor, sino que un castigo por no haber sido posible estudiar otra cosa; por eso ya no existe vocación; por eso se ha destruido el alma de la educación. Ojala exista un Plan Maestro para recuperar las bases de la educación que se han perdido.


Luis A. Riveros

Universidad de Chile