​Bendito poder en cuenta regresiva

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Javier Scavia dal p

¿Cuáles son las fuentes del poder? Si bien este listado no pretende se exhaustivo, al menos podríamos citar cuatro: el poder basado en la fuerza, en la riqueza, en la confianza y en la fe. Un ejemplo típico del primer tipo es el que ostentan los países con un alto estándar de armamentos y, curiosamente, son aquellos que también guardan cierta relación a altos niveles de riqueza. La línea entre los dos últimos es tenue, sin embargo, está claro que tener confianza en un gobernante no es lo mismo que tener fe en una determinada deidad, o en el culto o religión que la proclame.

Desde la perspectiva histórica la iglesia católica poseyó alguna vez estas cuatro fuentes. Poseyó ejércitos, altos niveles de riqueza y la confianza ciega de sus adeptos, todo lo anterior sustentado por un cemento que quizá es la más poderosa fuente de poder, la fe. Tan poderosa es la fe, que aún a falta de los otros tres, puede generarlos e incluso prescindir de algunos. Con la fe los dirigentes religiosos adquieren confianza y, con estos dos elementos, obtener fuerza, riquezas o ambos, es cosa de tiempo. Por ejemplo, la fe en una deidad unida a la confianza en un líder religioso, proveen la fuerza de un acto terrorista, sin necesariamente pasar por el poder económico.

¿Qué ocurre en la actualidad? La iglesia católica sistemáticamente está perdiendo sus fuentes de poder, y pareciera ser que el gran problema es la raíz de las otras tres, la fe. Perder este baluarte le ha significado los escándalos que sacuden no sólo a nuestro país sino al mundo entero. Dicho de otro modo, ¿hubiese sido concebible lo que ocurre hoy hace cincuenta, cien o más años atrás? La fe no sólo atañe a los laicos sino también a los pastores y, por cierto, en ambos casos, a sus conductas.

Se dice que el poder corrompe y por eso son tan necesarios los contrapesos. La pregunta no trivial es entonces, ¿cuál es un contrapeso a la fe? Un estado laico podrían decir algunos. Si esta la solución, entonces nos queda mucho por avanzar en la práctica de tradiciones (forma), y en el espíritu de nuestras leyes (fondo) y, por qué no, de nuestros prejuicios.


Javier Scavia dal Pozzo