Caída de Lehman Brothers: Lo que cambió para siempre y lo que aún hacemos exactamente igual

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Lehman

No fue una depresión, pero casi. De hecho, en EEUU se la denomina la Gran Recesión. Fue la mayor crisis económica en siete décadas y media, y su impacto todavía sigue notándose hoy, pese a que en muchas áreas el ser humano está haciendo gala de su capacidad de olvidar y está actuando como si la crisis nunca hubiera existido, en particular, en lo que se refiere a regulación y coordinación internacional.


Regulación


Los reguladores han exigido a los bancos más capital, y a los hedge funds (que no están regulados) más transparencia. Los famosos test de estrés, en los que los bancos centrales examinan cómo las grandes instituciones financieras reaccionarían ante una recesión, se han convertido en ejercicios serios que pueden obligar a las entidades a no dar dividendos, como bien ha descubierto, por ejemplo, el Banco Santander en EEUU.


Aversión al riesgo


En 2008, una de las claves de la crisis fue el VaR (Value at Risk), un sistema de medición de riesgos que evaluaba las pérdidas máximas que un banco de inversión podía experimentar en un día si sus operaciones salían mal. El problema del VaR es que usaba la experiencia histórica, de modo que apenas tenía en cuenta lo que era estadísticamente improbable. Y en 2008, lo que era estadísticamente improbable -que la gente dejara de pagar las hipotecas y todo el sistema se viniera abajo- se hizo realidad. Ahora, el VaR ha perdido mucha importancia como mecanismo de control de riesgos. Ése es uno de los cambios que revelan cómo se ha reducido la aversión al riesgo de las instituciones financieras. Pero no el único. Tanto en la UE como en EEUU, los criterios para la concesión de hipotecas son mucho más estrictos. Claro que no es menos cierto que esos criterios tenían mucho que mejorar, como revela la palabra que los banqueros estadounidenses usaban para las personas que contrataban hipotecas, Ninja, que son las siglas en inglés de sin ingresos, sin trabajo, sin activos, o sea, gente que por definición no debería recibir una hipoteca. También los ahorradores se han hecho más cautelosos. En 2007, el 65% de los estadounidenses tenían acciones, bien directamente, bien a través de fondos de inversión o de planes de pensiones. Hoy, el porcentaje ha caído al 55%, según la consultora de estudios de opinión pública Gallup. El desplome es alucinante si se tiene en consideración que desde marzo de 2009 hasta hoy, Wall Street se ha revalorizado un espectacular 182%.


Menos crecimiento


Una cosa en la que la teoría económica dominante no se ha equivocado es que la salida de las crisis bancarias es lenta y dolorosa. Las economías industrializadas han perdido cerca de un punto de crecimiento potencial, es decir, la velocidad a la que el PIB puede crecer sin que se genere inflación. Los salarios reales se han desplomado y hemos pasado de comprar casas sin especular al caso espectacular de EEUU, donde tener casa se ha convertido en un lujo inalcanzable para muchos estadounidenses, hasta el punto de que el comprador medio de primera vivienda tiene nada menos que 45 años.

Coordinación financiera

Aunque no acaparan titulares, el Comité para la Estabilidad Financiera (FSB, por sus siglas en inglés), el Banco de Pagos Internacionales y, por supuesto, el FMI y el G-20 han ganado peso e influencia y han creado canales de comunicación y en algunos casos, como en los ratios de liquidez de los bancos, nuevos criterios, más estrictos, para consolidar el sistema financiero internacional. De hecho, la ofensiva antiglobalización de Donald Trump se refiere al comercio, no al sector financiero. Claro que eso no hace al sistema a prueba de bombas. Con toda probabilidad, la próxima crisis vendrá de una esquina del mercado de la que nadie se habrá acordado hasta que empiecen los problemas.


Política monetaria


Las únicas instituciones públicas que pudieron reaccionar a la crisis con la rapidez y efectividad que la situación demandaba fueron los bancos centrales y, muy especialmente, la Reserva Federal de EEUU, a la que le debemos haber evitado una Gran Depresión o un estancamiento con deflación como el que Japón sufrió tras la explosión de su burbuja inmobiliaria en 1991. El problema es que la inyección de liquidez favoreció a las rentas del capital sobre las del trabajo, lo que a su vez exacerbó el debate sobre la desigualdad.


Capitalismo de Estado


Uno de los efectos más duraderos de la crisis de 2008 ha sido el cuestionamiento del modelo económico y político de Occidente. Es algo muy comprensible, porque es imposible vender el capitalismo popular de Thatcher cuando la gente descubre, de la noche a la mañana, que su plan de pensiones se ha desvanecido, que le van a echar de su casa por no pagar la hipoteca, y que los banqueros que han creado esa situación no sólo siguen cobrando millones, sino que, además, han quebrado esas empresas sabiendo que, si las cosas venían mal, los Estados iban a tener que salvar a las entidades para evitar que la crisis fuera todavía peor. El impacto de 2008 ha supuesto el triunfo del capitalismo de Estado. Tras aquella hecatombe, la dictadura china se endureció y surgieron una serie de líderes políticos - el más evidente, Donald Trump - que no pierden ocasión de decir a las empresas lo que tienen que hacer. Todo eso habría sido impensable hace una década. A un nivel más político e institucional, las ideas de que democracia, Estado de Derecho, y libre mercado van de la mano, y de que los derechos individuales deben ser protegidos de la injerencia del Estado están en clara crisis en gran parte de Occidente y China.


Y lo que aún hacemos exactamente igual


Aunque la crisis cambió muchas cosas, no alteró ni el funcionamiento básico del mercado ni de la sociedad ni del sistema político. A fin de cuentas, aquí estamos, escribiendo sobre el décimo aniversario de la caída de Lehman Brothers. Nadie se acordó del décimo aniversario del Crack del 29 porque ese día la noticia era que el oro del Banco Central de Polonia había llegado sano y salvo a París, huyendo de los soldados de la Alemania nazi. Esta vez no hay una guerra mundial para distraernos del aniversario. Pero son varios los factores que originaron y agravaron la crisis que acabamos de superar y que aún siguen en pleno vigor:


La puerta giratoria


El 15 de septiembre de 2008, Luis de Guindos era presidente de Lehman Brothers en España; hoy es vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE). El entonces presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Tim Geithner, preside ahora el fondo de private equity Warburg Pincus. El máximo responsable de la Reserva Federal, Ben Bernanke, asesora al hedge fund Citadel y a la gestora de renta fija Pimco. Hoy, el puesto de Bernanke lo ocupa Jay Powell, que en 2008 estaba en el fondo Carlyle, donde también trabajaba Randal Quarles, que ahora se ocupa de la supervisión bancaria en la Fed. Y el actual secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, estaba en Goldman Sachs. La puerta giratoria entre la Administración pública y el sector privado, que hace que los reguladores se transformen en regulados antes de volver a ser reguladores, con todos los conflictos de interés que ello conlleva, sigue funcionando.


Las agencias de rating.


¿Recuerda alguien a las agencias de calificación de riesgos, aquéllas que sembraban el temor de Dios -o del mercado- entre los españoles durante la crisis? Su auge se debió en gran medida a que los Estados habían dejado a esas empresas evaluar la fiabilidad de la deuda emitida por compañías y por los propios estados. El problema es que las agencias cobran de quienes emiten deuda por evaluar esa deuda, lo que crea la madre de todos los conflictos de interés. Eso explica que la deuda de Lehman Brothers y AIG tuviera calificación «de inversión» hasta literalmente el día en el que la primera quebró y la segunda fue nacionalizada. Han pasado diez años y nada ha cambiado. Las tres grandes agencias -S&P, Moody's y Fitch- siguen valorando el 96% de la deuda que se emite en EEUU, según el think tank de Washington Urban Institute.


Activos tóxicos


Hace diez años todos hablábamos de activos que nadie entendía, a menudo con una sigla esotérica: CDOs (Obligaciones de deuda Colateralizada, según sus siglas en inglés). En ese grupo estaban los paquetes de hipotecas primero desmembrados en tramos en función de las posibilidades de que sufrieran impagos, y después ensamblados en bonos. Esos activos se llaman derivados, porque su valor depende del valor de otros activos (y así sucesivamente). En la crisis, se transformaron en bombas atómicas financieras cuando el mercado descubrió que no valían nada. Desde entonces, las emisiones de CDOs han caído en un 75%, según The Wall Street Journal. Pero eso no significa que no haya otras bombas atómicas por el mercado. En enero, Wall Street se desplomó por unos derivados de los que nadie había oído hablar nunca, y que prácticamente nadie entiende: ETF (fondos cotizados) y ETN (notas cotizadas) vinculados al VIX, que es el índice que mide la volatilidad que el mercado espera de la renta variable en el futuro. El boom de los fondos cotizados (ETFs) es tal que hoy en el mundo hay tres millones de índices de acciones para sólo 52.000 empresas cotizadas. La mejor muestra de esa complejidad inabarcable: cada barril de petróleo se compra y se vende en pantallas de ordenador 50 veces antes de llegar al consumidor.


Finalización


Si alguien piensa que la crisis hizo disminuir el peso del sector financiero en las economías, que se lo haga mirar. La industria financiera de EEUU supone alrededor del 8% del PIB de ese país, es decir, lo mismo que en 2008. Si se le suma el inmobiliario (que sí que ha perdido peso), nos sale el 20% del PIB.


Grandes para caer


Lehman Brothers era un banco relativamente pequeño. Sus activos apenas alcanzaban el 2% del PIB estadounidense, pero casi provoca una depresión económica mundial. En Gran Bretaña, Northern Rock, un banco hipotecario regional, estuvo a punto de causar una fuga de depósitos masiva. El sistema financiero está muy interconectado. Y, con los avances tecnológicos y la integración de las economías, esa tendencia se ha reforzado. Tampoco ha habido cambios a la hora de hacer a las entidades financieras más pequeñas. En EEUU y en la UE, el sector bancario se ha concentrado tras la crisis, en gran medida porque las entidades grandes fueron obligadas en muchos casos por el Estado a comprar bancos menores en quiebra. El problema es extremo en Europa, donde hay gigantes mayores que los países en los que tienen sus sedes. Un ejemplo: el PIB de España, por ejemplo, cabe en el balance del Banco Santander.


Igualdad y desigualdad


Una de las cosas más llamativas de la crisis es que no alteró las dinámicas de la desigualdad en Occidente. En EEUU, la desigualdad llevaba un cuarto de siglo creciendo cuando se produjo el cataclismo financiero. Desde entonces, se ha exacerbado más. Según la Reserva Federal, el porcentaje de la riqueza en manos del 1% más rico de la población ha pasado del 33,7% en 2008 al 38,7% en 2017. En Europa, por el contrario, la desigualdad llevaba cayendo desde 1994, de acuerdo con los datos del think tank de Bruselas Brueghel. La crisis del euro supuso un frenazo en esa tendencia, pero desde 2016 las diferencias de ingresos están volviendo a disminuir. (El Mundo)