​La modernidad muerde a los notarios

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Enrique Goldfarb 1SEMANA

Uno se acostumbró a ver a los notarios como inamovibles. Un trámite odiado por todos, especialmente por los inocentes, por lo largo, lo costoso que podía resultar a veces y con la sospecha que era innecesario. El gobierno nos sorprendió positivamente con un proyecto de reforma que apunta a reducir su esfera de actividad, sacando debajo de la manga alternativas al parecer bastante más expeditas, y con toda seguridad, ahorradoras de tiempo y dinero.

Una de esas alternativas resultó ser el llamado “fedatario”, o sea, que dan fe. Me gustó el nombre y seguramente pululan por doquier. Muchas soluciones, espero que vengan, eliminando la necesidad de las firmas ante notario de múltiples trámites, usando exhaustivamente internet para obtener certificados que son provistos ágil y económicamente por instituciones tales como el registro civil. En lugar de repensar el problema como presupuesto base cero, el ministro de justicia del gobierno anterior no encontró nada mejor que mantener la normativa tal como estaba, y darles el negocio a cien nuevos notarios, con aroma de concesión de privilegios a costa de moya. Éste, por el contrario, me imagino tratará de reducir su uso al máximo, y dotará de alternativas anteriormente inexistentes.

Lo anterior resulta coherente con la era de la inteligencia artificial y de las facilidades de acceso a la información. Seguramente hay cosas de ellos que son rescatables, y el ministro de justicia hizo bien en juntarse con los mismos notarios para recabar sus opiniones. Y a juzgar por la iniciativa, se nota que por sobre todo, escuchó a la comunidad.

Me tocó hacer un trámite en una notaría del centro, al parecer bastante cotizada. Era igual que una industria de automóviles, un piso entero, con subsecciones, tomas de números, división de especialidades, escritorios y salas de esperas, etc. Pero algo anda mal si un servicio como el de los notarios, que sólo produce fe, resulta similar a una fábrica que produce algo tangible y de necesidad indiscutible.

Quizá éste es uno de los casos que explican por qué la productividad del país se hundía cada año más.


Enrique Goldfarb

Economista