​La gratuidad y el péndulo

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Enrique Goldfarb 1SEMANA

El reciente anuncio del gobierno de quitar la gratuidad a aquellos alumnos que causen destrozos en las tomas de los colegios, me reafirmó la creencia que en la vida parece regir la ley del péndulo. Todo lo que sube tiene que caer y lo que cae debe subir.

Tenemos por un lado noticias que cinco años atrás nos habrían parecido increíbles. Eike Batista, y acuérdense quién era Eike Batista, el empresario más poderoso de Brasil. Condenado a 30 años de cárcel (aunque las cárceles de Brasil parecieran puertas giratorias, ya que Lula, quien cumple pena, está de candidato firme a la presidencia del país). Rafael Correa, el ex presidente de Ecuador, con orden de prisión. La élite chilena ha tenido también sus casos dramáticos, aunque (aún) no se sabe de un expresidente que vaya a ir a la cárcel. Es el caso del grupo Penta, una caída dramática, Soquimich, y varios políticos en la cuerda floja.

Aunque siempre me pareció que la persecución tributaria por las boletas fue una maniobra política -un drástico cambio en las reglas del juego, sin previo aviso, donde el acuerdo tácito de cómo llevar adelante la política se rompió- más que un delito de frentón, de todos modos, resultó que a los de arriba les había llegado un ajuste de cuentas, generado o promovido por los de abajo. Curiosamente, incluso el haberles quitado la llave de los recursos financieros, no impidió que la centro derecha ganara por un amplio margen.


Derechos sin responsabilidades


Corresponde ahora mirar a los de abajo. Con la NM se dio una verdadera oleada de reivindicaciones, que más que compensaciones, pretendió, sin lograrlo, cambiar de raíz el sistema socioeconómico, aquel que le ha dado prosperidad al mundo. Aparecieron una serie de “derechos” que pretendían acortar las brechas darle a quienes llevaban una desventaja, tanto sociales, como económicas y de género. Aquí, como lo recordábamos en mi columna anterior, se lanzó una fuerte reforma tributaria, para darle acceso gratuito a la educación a los niños y jóvenes, gratuidad que sabemos dónde comienza, pero no donde termina. Implica, para decirlo en forma sucinta, un enorme sacrificio de progreso, porque el impuesto a las empresas es un impuesto a la inversión y al crecimiento económico. Pero se estiró demasiado la cuerda con la regalonería a los impúberes. No sólo dándoles atribuciones de interlocutores válidos para definir qué y cómo deben estudiar, sino que dejándoles que se tomen los establecimientos, los quemen e interfieran con quienes desean estudiar tranquilos.


El freno a los de abajo


Pero por fin han aparecido atisbos de contención, para equilibrar el otro extremo del péndulo. Primero fue el desalojo y la amenaza de expulsión. Ahora, quitarles la gratuidad a los revoltosos. Me parece de toda justicia quitarle la gratuidad a quien comete estas tropelías. Incluso pienso que lo mejor sería que todos pagaran, al menos parte de la educación, ya que así estos actos desaparecerían por arte de magia. Estos actos vandálicos vienen a demostrar que lo que se regala, los “derechos”, no se aprecian tanto como lo que se compra con esfuerzo.


Enrique Goldfarb

Economista