​Inviabilidad de una estrategia de desarrollo de largo plazo (Parte I)

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Mario Astorga de valenzuela

(Borrador en permanente absorción de nuevas ideas)


Introducción

Esta es la primera parte de un análisis. En ella se intenta hacer un diagnóstico de la situación. Aunque parcial y sesgado por la mirada de su autor, un diagnóstico siempre es necesario para comenzar a esbozar una solución. En la segunda parte, se comienza a esbozar una posible solución, controversial, pero que surge casi en forma natural del diagnóstico de la primera parte.

De acuerdo con estándares internacionales, Chile ha tenido un progreso espectacular en los últimos 30 años. Solo cuatro o cinco países del mundo pueden mostrar los notables avances que nuestro país exhibe en educación, salud, diminución de la pobreza, disminución de la mortalidad infantil, vivienda, exportaciones, transparencia, calidad de vida, democracia real, índice de desarrollo humano, entre otras. A pesar de ello, Chile está aún lejos de ser un país desarrollado, y está en duda si logrará o no vencer la temida “trampa de los países de ingreso medio”. A generar esa duda contribuyen realidades dolorosas que aún persisten en nuestra sociedad como: la mala distribución del ingreso, el aumento de la corrupción en muchas de las instituciones empresariales, religiosas y del Estado-que aunque inferior a otros países de la región- preocupa dolorosamente su incremento en los últimos años.; el aumento del individualismo que ha arrinconado la solidaridad-una de las características históricas más reconocidas de la sociedad Chilena- a la Teletón y unas pocas obras sociales; la baja inversión, especialmente privada, en investigación e innovación. Por último, pero más importante aún, uno de los frenos más serios al desarrollo es la baja credibilidad que para los chilenos tienen las instituciones y dirigentes políticos.


Construyendo un escenario de la Actividad política chilena


Los múltiples casos de corrupción a través de colusión, de financiamiento ilegítimo a la política, de abusos de posición dominante, de uso de información privilegiada, la vergonzosa posición de nuestro país en el índice de Gini de distribución de la riqueza, y el aumento de concentración de la riqueza en pocas manos (el 1% de los más ricos del mundo percibió en el 2017 un 82% de la riqueza creada, materia en la que Chile no es una excepción y es una constatación brutal de que el chorreo nunca va a llegar), han llevado a muchos ciudadanos, especialmente los más informados, a pensar que el modelo económico está en crisis.

Los dolorosos casos de corrupción y la protección a la misma por parte de algunas autoridades de la Iglesia Católica y de otras iglesias, de Carabineros y de las distintas ramas de las FFAA, la prevaricación en el poder judicial, entre otras, han hecho pensar a muchos que el modelo de valores y ética que los chilenos creían compartir también está en crisis.

Los múltiples casos de corrupción que han involucrado a un porcentaje exorbitante de políticos, partidos y movimientos de los distintos sectores ideológicos han llevado a muchos a concluir que la democracia y el sistema político están en crisis.

En síntesis, la sociedad aprecia una crisis generalizada en el sistema económico, en el sistema de valores y en el sistema político. Es fácil desde allí transitar hacia una anomia o al menos a una debilitación de las normas, valores, leyes e instituciones, varias de las cuales comienzan a vivir un estado anémico. Por ejemplo, la sensación de que “se encarcela la pobreza” debilita el valor del sistema judicial. Si comienza a haber una sensación generalizada que el poder y el dinero pesan infinitamente más que las normas será difícil conseguir el respeto hacia estas últimas.

Simultáneamente, se aprecia a nivel internacional, y Chile no es una excepción, una agonía de los sistemas políticos, una suerte de “crisis hegemónica”. Esta no es una novedad en la historia de la humanidad, lo grave es que ahora no se observa hacia donde se desplaza la hegemonía, en una sociedad que ha relativizado la credibilidad de la gran mayoría de sus liderazgos.

Hace varias décadas John Kennedy nos recordó que en chino la palabra crisis (wei-chi en caracteres occidentales) se escribe con dos caracteres, wei, que representa el peligro, y chi que representa oportunidad, es decir, detrás de cada crisis debemos aprender a ver tanto el peligro como la oportunidad que ofrecen. Posteriormente algunos lingüistas han criticado esa traducción, sin embargo, a pesar de la controversia, es importante entender la moraleja de ese significado dual de crisis o wei-chi. Algunos verán solo el peligro, otros solo la oportunidad, solo unos pocos serán capaces de definir una estrategia coherente que responda a ambos.


Izquierda y Derecha tienen más en común de lo que quisieran creer. ¿En que se parecen?


Si la sociedad percibe que hoy vive una crisis, es porque asume que en algún momento anterior se estuvo en no-crisis. Si es así, la pregunta que corresponde es ¿Cómo eran las cosas cuando no había crisis?

Antes de responder esa pregunta, podría ser útil remontarse a las enseñanzas medulares de los filósofos griegos cuando presentaban sus cosmovisiones, en este caso Heráclito y Parménides. Ellos proveen dos explicaciones muy distintas sobre el funcionamiento de la naturaleza, en específico, el problema del movimiento. Se usarán esos elementos para crear un marco conceptual y hacer frente al fenómeno de la crisis. Por un lado, Heráclito muestra una visión del universo completamente fluctuante, donde todo está siendo y nunca nada es. La constante es el flujo, el cambio, y no es posible identificar una esencia de las cosas, puesto que eso significaría aceptar que las cosas son algo estable y no un devenir. La crisis económica y todas las demás crisis serían para Heráclito una normalidad del flujo y del cambio permanente que conduce a nuevos estadios.

Parménides presenta un mundo, donde el movimiento es imposible y las cosas son, las cosas existen y se encuentran en el mundo, donde es posible definirlas.

Utilizando estas dos iluminadas miradas ancestrales del funcionamiento del universo se pueden utilizar para analizar el problema de la crisis actual, pareciera más simple observar desde ellas la situación política presente. El concepto de modelo es más propio de quienes creen haber encontrado una respuesta única y permanente para una problemática, sin importar el lugar o el tiempo o las condiciones materiales, culturales o históricas. Quienes plantean así las cosas, lo quieran o no, son seguidores de Parménides. Las ideologías marxistas son un claro ejemplo de ello. Sin importar el proceso social o modelo cultural suponen que sus valores y modo de ver la vida son trascendentales y aplicables a cualquier tipo de sociedad, imponiéndolas muchas veces por la fuerza. La lucha de clases, y la dictadura del proletariado son elementos permanentes en la retórica marxista. El materialismo histórico plantea que en la producción social los hombres establecen relaciones independientes de su voluntad, las que están causadas por las condiciones materiales que les ha correspondido vivir. Es decir, la esencia del hombre siempre está anulada por sus condiciones materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, sobre la que se construye la superestructura jurídica y política, a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El marxismo niega la individualidad (divinidad) de cada persona a manos del colectivo y del Estado, y considera válida en todo contexto la agudización de las contradicciones y la lucha de clases como un instrumento para instaurar la dictadura del proletariado. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino la vida material la que condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general.

La derecha económica también sigue a Parménides cuando asume como imprescindible, en cualquier contexto, la propiedad e iniciativa privada para el desarrollo económico, cuando confía solo en el mercado para la distribución eficiente de los recursos y en la competencia como el principal movilizador de la productividad. Similarmente al marxismo, el neoliberalismo exacerba, en cualquier contexto histórico, la propiedad privada, el consumismo, individualismo y el mercado para lograr el desarrollo, e igualmente al marxismo renuncia a utilizar el valor de la “persona” anulándola en su rol de consumidor en el mercado. Ambos, marxismo y capitalismo renuncian a la solidaridad comunitaria como vía para mejorar la productividad sistémica. Ninguna de ambas corrientes ve la alternativa de mejorar la productividad sistémica permitiéndole a las personas integrarse y aportar, desde su individualidad, en la construcción de una sociedad mejor para todos, donde el objetivo primario es asegurarles a todos, incluidos los más vulnerables, el acceso a bienes básicos, en especial educación y salud.

El pensamiento conservador, muchas veces en unión incestuosa con la derecha económica, supone algo similar. Hay una verdad revelada que debe ser impuesta a toda la sociedad, cualquieras sean las condiciones económicas o sociales. Siempre serán deleznables el divorcio, el aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, la adopción por parte de solteros y parejas homosexuales, etc. Sus seguidores apoyan la primacía de la tradición y familia, y sobrevaloran la clase de origen como criterios para proveer cargos y entregar beneficios.

Tanto para marxistas, capitalistas, neoliberales y conservadores el suponer que se está en una crisis significa que el modelo, o no es el correcto, o no está funcionando como era deseable, por lo tanto, hay que corregirlo o cambiarlo por otro funcional a sus premisas originales. En conjunto, estos nuevos herederos de Parménides tienen en común el creer que sus respuestas-modelos son aplicables a todo momento histórico, cultural, temporal o material. La derecha, la izquierda, los conservadores y neoliberales se diferencian filosóficamente mucho menos que lo que ellos quisieran creer.

Sin embargo, hoy en día hay múltiples razones para concordar con Heráclito al buscar explicaciones al momento que vive la humanidad y particularmente Chile. Este nos ayuda a entender que por definición la cultura, los valores, los sistemas y todo en el universo que conocemos es un río que se mueve sin parar, un devenir muchas veces sin sentido, o al menos sin sentido aparente u observable, que está en constante cambio, y que todo intento de frenarlo u ordenar son meras pretensiones utópicas. Es casi irrisorio ver como hoy día izquierda y derecha demonizan a la ideología humanista que en Chile provocó y lideró las revoluciones sociales más importantes del siglo XX: la Reforma Agraria, la Promoción Popular, el desarrollo de las organizaciones estudiantiles, de los sindicatos, de los Centros de Madres, de la Juntas de Vecinos, de las cooperativas de producción y de ahorro, las políticas habitacionales; todas ellas conducentes a democratizar el poder, a llevar la democracia a la base social, a liberar a los obreros y campesinos de los enclaves de autoritarismo que permanecían en algunos campos y empresas. A pesar de esas revoluciones lideradas por humanistas, la izquierda, a falta de argumentos, tilda al humanismo de conservador o en el mejor de los casos de centro, y la derecha, por las mismas razones, lo tilda de comunista. Ambos se equivocan, esas gigantescas transformaciones sociales no eran ni de izquierda ni de derecha, sino flujos del proceso social siempre cambiante incidentalmente liderados por humanistas, que estaban por sobre las derechas y las izquierdas. Mientras izquierda, derecha y “centro”, entendido falazmente por muchos como “el justo medio” entre ambos, sigan estando inspiradas en Parménides y proponiendo verdades absolutas y permanentes a sus militantes y simpatizantes, se encontrarán cada vez más lejos de entender el razonamiento de las mayorías electorales. Es cierto que todavía siguen siendo importantes las rivalidades básicas entre izquierdas y derechas en materias tales como libertad versus desigualdad, en defensa de los beneficios de los trabajadores versus el de los empresarios, etc., sin embargo, esa discusión genérica tiene cada vez menos adherentes. Las personas buscan respuestas que resuelvan problemas más específicos, aquí y ahora.


La profunda dimensión del cambio en el ser humano, en la familia, en la sociedad, en el país


Cada vez es más difícil negar que todo cambia y que el cambio es lo único inmutable. La actual generación está siendo expuesta a mutaciones importantes: en la apreciación de la importancia de preservar el medio ambiente para las generaciones futuras; en una noción más amplia del desarrollo: humano, a escala humana. (hoy nos importan los índices internacionales de felicidad y de progreso social, y las empresas como buen lugar de trabajo impensables hace pocos años); cambios importantes en los valores, en las prioridades y anhelos, los jóvenes hoy tienden a privilegiar mucho más la calidad del trabajo que la remuneración en comparación a dos tres décadas atrás; cambios en la psiquis humana producto de la eliminación de varios tabúes, en la apreciación por lo natural y por lo orgánico, en la comprehensión y valoración del rol de la ciudad -comunidad-polis en la vida; la tecnología, entregando mayor autosuficiencia y a la vez mayor dependencia de la comunidad para sobrevivir; cambios en los niveles educacionales de la población (Chile en 40 años ha incrementado desde un 10% a un 40% los egresados de enseñanza media que ingresan a educación superior); cambios en la edad de quienes ocupan la “pole position” en el sistema socio-productivo, desde los consejos de ancianos, los adultos económicamente activos a los niños y jóvenes de nuestra era que son los principales tensionadores-demandantes y oferentes de soluciones; la irrupción de las RRSS, que a pesar de su post verdad, se han convertido en un canal virtuoso para que las personas expresen su opinión, sean movilizados y movilicen a otros; los cambios tecnológicos que crean nuevos mercados en horas y hacen desaparecer proveedores históricos en pocos meses; la gestión de Big Data que hace extremadamente predecible el comportamiento político, económico y social de las personas; la creación de robots que toman decisiones altamente complejas con menos errores que los humanos, etc. ; por último, pero no menos importante, cambios en las búsquedas medulares del ser humano. El ser o no ser de Hamlet ha sido reemplazado por preguntas más concretas acerca de la humanidad tales como aceptación o rechazo del matrimonio homosexual, la aceptación trans que cuestiona la teoría previa de género, de la adopción por parejas del mismo sexo o trans, de la eutanasia, del aborto y del derecho a la vida desde la concepción, del sexo recreativo o sexo reproductivo; aceptación o rechazo de los alimentos transgénicos, del uso o prohibición del plástico, del castigo a las energías fósiles y premio a las renovables, de la clonación de animales para mejorar la alimentación y de la clonación de humanos por ego o para mejorar salud; ¿se debe buscar un Estado de bienestar que asegura derechos sociales básicos o un Estado Subsidiario que solo aparece cuando el mercado fracasa? o incluso un ordenamiento diferente. En este contexto de constante mutación las corrientes ideológicas tradicionales, concebidas como modelos Parminedianos, se estrellan con la realidad metafísica, al intentar conseguir “coherencias vinculantes” entre respuestas a temas de colosal diferencia como el modelo económico más eficaz, la ética de la clonación y de los alimentos transgénicos, el uso de la Inteligencia Artificial para corregir “errores de diseño” del género humano, entre otros. Las ideologías tradicionales comienzan a convertirse en dinosaurios incapaces de alinear a sus cada vez menos militantes y partidarios. La magnitud del cambio en los valores, en el hombre, en la tecnología, en la comunicación, en la sociedad ha ido sembrando en los ciudadanos la semilla de la infidelidad política, al menos infidelidad a las grandes corrientes políticas tradicionales. Los resultados de varias elecciones en distintos países como Francia, Colombia, Inglaterra, EEUU, España, incluso Chile, muestran a este elector infiel a sus antiguas tradiciones políticas. Esto sin agravar aún el escenario con los cientos de casos de corrupción que han mostrado que buena parte de los políticos eran dioses de barro, incapaces de capear el más modesto aguacero sin disolverse en el cohecho y en las prebendas ofrecidas por quienes más se beneficiaban con sus decisiones de política pública, muchas veces capturados en sus propias ambiciones desmedidas de poder.

Varios de los últimos cambios tecnológicos y los que se avecinan a la vuelta de la esquina, no solo importan nuevos productos o servicios, sino que modifican la estructura de las empresas, de la sociedad y del trabajo. Se reduce a pasos agigantados la demanda por trabajadores no calificados, a algunos de los cuales, a pesar de su edad avanzada hay que seguir capacitándolos y garantizándoles niveles aceptables de bienestar. La disposición de big data generada por los sistemas formales de datos y RRSS comienzan a hacer innecesarias las encuestas y los encuestadores para manipular a los consumidores y votantes; robots cada vez más sofisticados reemplazando a miles de trabajadores en el proceso productivo, a menor costo y con menos errores. El mejoramiento de la salud implica mayor longevidad y por ende envejecimiento tardío de la población lo que hace necesario rediseñar las formas de generar y buscar nuevas formas de financiar los sistemas previsionales. Es necesario considerar además la existencia de decenas de tribus urbanas, construidas sobre códigos parciales, pero que generan un número creciente de comunidades militantes, muchas veces fanáticas: hippies, grunges, metaleros, yuppies, hípsters, rapers, okupas, motoqueros, punks, raperos, skins, etc.

En consecuencia, no es posible extrañarse que las grandes masas ya no están respondiendo a las consignas de los partidos, aunque pueden responder militantemente a los llamados de movimientos transversales: pingüinos, gratuidad de la educación superior, defendamos la Patagonia, No +AFP, no a la colusión, etc. Movimientos que, como ha ocurrido en Chile, normalmente rechazan en sus movilizaciones la presencia de representantes de los partidos políticos tradicionales. Un creciente abismo se ha producido entre los dirigentes políticos de todos los signos y los ciudadanos. Se ha configurado una situación tal que, si en los próximos meses se llegara a producir un acuerdo de gobernabilidad que incluya desde la extrema izquierda a la extrema derecha para definir las prioridades y asignar recursos a las reformas que nos faltan como país en el mediano y largo plazo, probablemente la mayoría los ciudadanos votaría en contra de dicho acuerdo. Hoy en día una buena parte de los ciudadanos ve con demasiada desconfianza y escepticismo a la mayor parte de la clase política como para creer en un acuerdo superestructural entre ellos.


¿Como este cambio afecta el sistema político chileno y a los partidos políticos?


En este nuevo mundo donde todo cambia rápidamente, también lo hace el hombre, y las grandes ideologías tienen dificultades para ofrecer una respuesta política holística a la vida en sociedad. ¿Cómo una ideología puede sentenciar el derecho al aborto de la mujer versus el derecho a la vida del feto concebido? ¿Cómo una ideología puede defender la libertad total del individuo, pero negarse a la eutanasia y al divorcio? ¿Cómo puede una ideología estar contra la pena de muerte y favorecer el aborto? ¿Cómo puede una ideología defender la democracia y apoyar algunas dictaduras cruentas?

Además de estas nuevas contradicciones que los medios de comunicación y las RRSS dejan al descubierto, el principal instrumento de las grandes ideologías, los partidos políticos, han perdido credibilidad de manera creciente. El apego al poder de los grupos internos y la incomprensible rivalidad entre los mismos (muchas veces más violenta que la empleada en contra de sus adversarios políticos externos (Da vergüenza ajena seguir por RRSS el lamentable espectáculo ente los militantes DC y los ex militantes); la incontinencia para utilizar los 5 minutos de fama que le ofrecen los medios de comunicación, sin tiempo para editar, pero con capacidad de dañar irreparablemente una historia o alianza o fraternidad; el poder del dinero para atravesar todas las esferas con el fin de perpetuar sus privilegios (cohecho, uso de información privilegiada, abuso de posición dominante, colusión, leyes privilegíantes, acuerdos con el Estado, financiamiento ilegal e ilegitimo a la política, etc. )

Adicionalmente hay un problema mayor, que es la cada vez más difícil coherencia entre doctrina, ideología y política. Por ejemplo, el partido comunista chileno se autoproclama como el principal defensor de los DDHH, sin embargo, nunca ha dado una explicación por los 10.000 estudiantes asesinados en la plaza de Tiananmen por el comunista gobierno chino, de quien no hay dudas lo ha financiado por décadas. Cuba y Venezuela son dictaduras que proclaman la primacía del pueblo trabajador por sobre el resto de los estamentos sociales, sin embargo en esos países no tienen espacio ni derecho de opinión los trabajadores que no adscriben a la doctrina oficial; demócratas y republicanos suelen tener grandes diferencias en USA, sin embargo no les ha costado ponerse de acuerdo en rechazar el protocolo de Kioto, porque afecta los intereses económicos de ese país; en Europa hay demócratas cristianos separatistas en Irlanda y unionistas en Alemania y Bélgica. No faltan los cristianos que son partidarios del aborto. China obliga a sus ciudadanos a vivir en un régimen marxista en lo político, pero a la vez alimenta y prohíja un modelo capitalista shumpeteriano en la producción de bienes y servicios. Por su parte en Japón convive una estructura extremadamente conservadora en lo valórico, capitalista en el ordenamiento económico, pero socialista en muchas de sus políticas sociales. Este cuadro de incoherencias conceptuales se agrava en una sociedad de consumo, especialmente gracias a la carrera desenfrenada e inútil que promueve el “ser más a través de consumir más”, lo que le ha restado valor a la vida en comunidad-sociedad-familia, alimentando la autoconciencia de las personas de que el resultado y éxito dependen un 100% de su esfuerzo individual, constatación que se agrava a través de este nuevo milenial que tiene la autoconcepción que todo lo puede y que es el sol al rededor del cual gira el universo.

Como se sabe, los partidos políticos son organizaciones que se caracterizan por su singularidad, cuyo fin es contribuir a la determinación de la política nacional y a la formación y orientación de la voluntad de los ciudadanos, así como a promover su participación en las instituciones representativas. Los partidos políticos tratan de permanecer en el tiempo y consolidarse, y su finalidad última y legítima es obtener el poder mediante el apoyo popular, manifestado en las urnas. Las nuevas tecnologías de comunicación ofrecen una solución para establecer nuevos puentes entre las elites políticas y los ciudadanos, entre el gobierno y los gobernados, permitiendo que los electores puedan establecer un canal directo con las autoridades, relativizando la función de los partidos políticos como mediadores de esa relación.

Los nuevos liderazgos políticos, además de la gran dificultad de personificar coherencia entre doctrina, ideología y acción política, deben competir, en medio del señalado contexto de individualismos, contra la fuerza inconmensurable y muchas veces incontrarrestable de las RRSS, sabiendo que el dinamismo de las informaciones que por ellas fluyen, esté basado en una verdad demostrable o no, crean opinión y tendencia.

En este proceso, en el cual buena parte de los líderes políticos tiene pies de barro, es fácil caer en contradicciones que, multiplicadas por las redes sociales, conducen a un descenso continuo de la identidad de los votantes con sus antiguos líderes, hoy mayoritariamente exlíderes. Ello lleva a una cada vez menor participación política y a la deslegitimación de las autoridades elegidas con alta abstención, lo que conlleva a una relativización del valor de la democracia.

En este proceso de inconformismo con el establishment, se suelen crear nuevos movimientos y partidos políticos, los que normalmente surgen como escisiones de otros partidos y movimientos, y Chile no es una excepción. La mayoría de los nuevos movimientos tiene, como Edipo, la necesidad de matar a Layo, su padre, para mostrar su individualidad. Por ejemplo, el discurso del FA no era viable hace 40 años cuando el objetivo de la mayoría era recuperar la democracia; sin embargo, para instalar su propuesta el 2017 necesitó denostar y destruir el legado de su padre, la Concertación. Como todo joven, no estaba en sus prioridades evaluar si con ese discurso ayudaría mucho más a sus principales antagonistas, las políticas neoliberales o mercadistas; sin miramientos, Edipo denostó tanto a su padre que a pesar de que la mayoría del país se define como de centro izquierda, termina ganando la elección un candidato de derecha.


Las nuevas dificultades para la institucionalidad política


Se construye un escenario de grandes complejidades. Por una parte, se constata el cambio multidimensional como constante: en el medio ambiente, en la tecnología, en la organización política, en la comunidad, en la familia, en la persona; por otra, a las grandes corrientes de pensamiento político se les hace cada vez hace más difícil lograr coherencia entre doctrina, ideología y acción política; adicionalmente, la complejidad que implica la omnipresencia de las RRSS y su capacidad de crear opinión y movilizar, incluida su post verdad. Otro elemento agravante es la diáspora en todos los movimientos y partidos políticos; por ejemplo, es sorprendente la cantidad de renuncias a la militancia, incluso de los partidos recientemente creados. La fragmentación política de la sociedad se agrava con la proliferación de tribus urbanas, muchas de ellas con códigos antisistema. Finalmente, pero no menos importante, las grandes mayorías, especialmente los más vulnerables, han convertido el consumo de bienes materiales en su principal estrategia individual para “ser más”. Este conjunto de situaciones y otras muchas que por limitaciones de espacio no se mencionan, conjugan el nuevo escenario en el cual debe operar el sistema político.

Cada una de estas tendencias son síntomas de que se está creando un nuevo ciudadano-elector, más informado y cada vez menos influenciable por sus antiguos líderes políticos. Un ciudadano que solo participa de las elecciones cuando está en cuestión un tema que le atañe profundamente. Ciudadanos que no tienen ningún compromiso ni con las izquierdas, ni con el centro, ni con la derecha, por ende, su voto ya no es patrimonio de ningún partido o conglomerado político, sino un activo temporal de alguno de ellos. Es un elector “orla”, no porque a cada uno de ellos le sean indiferentes los fundamentos de las diferentes ideologías, (algunos aún mantienen un débil vínculo con sus preferencias históricas) sino, porque ninguna de ellas les está dando respuestas coherentes o integradoras a los principales temas que a él le preocupan. Cada vez más el elector apoyará a un candidato o un partido por temas y razones concretas; por ejemplo, en la última elección presidencial el temor a Chilezuela fue más fuerte que los llamados a mayor justicia y equidad educacional, de salud o previsional; pero, a diferencia de la lealtad política de por vida que se exhibía en el pasado, ahora el elector, tan rápidamente como da su apoyo puede quitarlo. Esta “movilidad o infidelidad política del elector” puede asegurar un ciclo de permanentes alternancias en el poder, lo que no es necesariamente malo para un país que en los últimos años ha conocido importantes casos de corrupción en distintas instituciones y empresas. La alternancia permite dejar al descubierto algunas de ellas, pero crea un problema mayor….


La nueva generación de políticas públicas chilenas


Comienza a haber consenso que las buenas políticas públicas requieren como base una mirada de largo plazo, inclusiva, integrada e integral y con propósito de futuro al evaluar las principales barreras que limitan el desarrollo de Chile. También hay acuerdo que para enfrentar todas las áreas críticas para el desarrollo nacional es necesario ir construyendo un tejido de sustentos, basados en acuerdos, que resuelven las grandes controversias y la gradualidad que exige la insuficiencia de recursos y la capacidad de aplicarlos bien. La mayoría de la dirigencia política, y posiblemente de la ciudadanía informada, comparte que materias tales como capital humano o innovación y agregación de valor a los recursos nacionales, medio ambiente, desarrollo urbano y justicia requieren, además de una mayoría política circunstancial para ser aprobadas, de un acabado conocimiento técnico para el diseño de instrumentos e incentivos adecuados, y de una mirada integral sobre la sociedad, que debe traspasar varios de los mal llamados compartimientos. Cada vez es más notorio que personas poco informadas pretenden sintetizar los principales problemas de la sociedad en soluciones aisladas que no dan cuenta de su complejidad. Por ejemplo, es común que la opinión pública tienda a pensar que los problemas del sistema educacional son de la exclusiva responsabilidad del Ministerio de Educación, pero el problema de mejorar la educación en barrios con alta delincuencia o con baja cobertura de la educación preescolar, escapa a las posibilidades e instrumentos del Ministerio de Educación. Muchos quieren situar los problemas de seguridad en el Ministerio del Interior, sin tomar en consideración que al incremento de la in-seguridad han contribuido la política habitacional que creó guetos aislados de pobres con difícil acceso a educación, salud, transporte y oportunidades laborales. Otros creen que el problema de la Araucanía se resuelve por la vía de militarizar la zona, sin asumir, que el Estado chileno no cumplió un contrato con el pueblo mapuche y aunque se ha equivocado y gastado más de lo necesario en compensar ese incumplimiento, todavía no ha sido capaz de proponer una salida válida a dicha situación.

Los reduccionismos pueden conducir a un profundo error de análisis y una barrera a su solución. Cada vez es más notorio que se requiere una mirada integral sobre los fenómenos económicos, políticos, sociales, y culturales. No hay soluciones de corto plazo a la mala calidad y baja inclusión de la educación pública si no se imbrica, por ejemplo, la política educacional con la política de vivienda y planificación urbana que ha generado guetos, con la política de transporte que mantiene algunos guetos aislados, con la política de salud que no llega a algunos de esos guetos, o con la política de seguridad que no los penetra, etc. Es urgente reconocer que los distintos Ministerios y sus reparticiones no disponen de todos los instrumentos necesarios para asegurar el cumplimiento de sus funciones, que las realidades son mucho más complejas. Es urgente reconocer que la gran mayoría de los problemas deben ser resueltos involucrando a varias instituciones del Estado y del sector privado y asegurando también una activa participación de la sociedad civil. Una “novedad” de las buenas políticas públicas es la necesidad de inclusión, desde el comienzo del proceso a todos los principales stakeholders o actores involucrados en las distintas materias en discusión. Se ha aprendido con sangre que los problemas resueltos por brillantes intelectuales en sus escritorios suelen tener un serio problema de aterrizaje en la realidad cotidiana al momento de su ejecución. También hay conciencia del encadenamiento causal entre los principales frenos al desarrollo, por lo que es necesario ir priorizando y armonizando entre distintas políticas sectoriales. Justicia y Educación pueden ser igualmente importantes, sin embargo, la equidad real no será posible hasta que cada ciudadano, producto de la educación y vida en sociedad aprenda a exigir sus derechos y asumir sus responsabilidades.

Las buenas políticas públicas no solo requieren de una buena comprensión y anticipación al futuro, sino de tomar medidas para crear el futuro que el país desea. Es posible que para construir un escenario de buenas políticas públicas sea necesario institucionalizar en el Estado una mirada integral, inclusiva y de largo plazo.

Con el debilitamiento del sistema político, en particular los partidos y el Congreso, el país no dispone de mecanismos estables y competentes de resolución de controversias en ninguna de las principales materias que frenan el desarrollo, a excepción de la Política Macroeconómica nacional, convenida en forma técnica y política, por diferentes sectores, desde el Banco Central.

A todas estas presiones sobre las políticas públicas se agrega la complejidad técnica y social de ellas, lo que obliga a analizar cuidadosamente distintas aristas o áreas de influencia de estas, para no crear nuevos problemas de inequidad o entregar señales incorrectas a los beneficiarios o al mercado.

Chile, como toda nación que aspira al desarrollo necesita, en varias materias, instalar políticas públicas de Estado, que no respondan solamente a la voluntad de un gobierno de cuatro años o las mayorías parlamentarias transitorias, sino a un bien pensado plan de largo plazo. Se ha aprendido que no es posible avanzar en grandes transformaciones a través de modificar las glosas presupuestarias o los procedimientos y reglamentos, ya que el próximo gobierno puede hacer exactamente lo contrario, y la reforma quedará trunca. Eso ha pasado varias veces, cada nuevo gobierno crea comisiones en distintas materias que finalmente, al no institucionalizarse sus acuerdos, terminan sin generar avances significativos, o lo hacen durante un periodo presidencial y luego caen en el olvido. Una buena política pública requiere de la concurrencia de recursos humanos y materiales desde distintas instituciones y reparticiones. Ese esfuerzo de coordinación institucional solo es eficiente y posible en un horizonte de mediano y largo plazo. Ha sido común en el pasado que las políticas públicas, cuando no son cuidadosamente analizadas, generan impactos no deseados a los nuevos beneficiarios, o a los que antes compraban ese servicio y ahora lo reciben gratis, o a los que siguen pagando por ese servicio, o a los proveedores del servicio, o a la competencia entre los proveedores, o al propio Estado. Muchas veces ha ocurrido que una nueva política pública, al generar señales equivocadas en el sistema social y productivo es regresiva en términos del objetivo original de la misma o en relación con otras políticas sociales.


Conclusión


Surgen en el sistema político dos desafíos centrales. Por una parte, emerge un nuevo ciudadano, posiblemente mayoritario, que no es capitalizado sistemáticamente por ningún partido ni movimiento y que provocará alternancia sistemática en las estructuras de poder. Por otro lado, comienza a aumentar la conciencia de que las políticas públicas que necesitamos para alcanzar el desarrollo son multifuncionales, complejas y deben ser concebidas para ejecutarse en un mediano y largo plazo y no en el horizonte de los cuatro años de un gobierno. Los partidos y movimientos existentes y en formación deberían responder estas dos nuevas circunstancias, dado que, así como están las cosas en el escenario político se hace inviable una estrategia coherente y de largo plazo para el desarrollo nacional.


Mario Astorga De Valenzuela


Agradecimientos a Paolo Costa quien aportó la mirada del concepto crisis desde la filosofía, a los generosos comentarios de Sergio Bitar, Víctor Manuel Ojeda, José Antonio Camacho y Luis Vicente Ajenjo.