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Ignacio Cienfuegos Spikin, consultor Asociado de RSA PhD © Universiteit Twente |
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Las fuerzas ortodoxas han dominado el perfil de respuestas frente a la crisis en la Eurozona. Liderada por Alemania, la Unión Europea ha llamado a la implementación de políticas de austeridad franciscana para restaurar la “confianza” del mercado financiero.
Sabemos que –entre otras– las causas de esta crisis podrían situarse en la liberalización del sistema financiero, que generó una importante oferta de crédito y liquidez. Aquellos flujos que se propagaron en la periferia Europea, motivaron el endeudamiento descontrolado. Si bien un escenario como éste restringe las posibilidades de implementar políticas contracíclicas, existirían también razones estructurales. La revolución de los '80 de Reagan y Thatcher redujo el papel del Estado, limitando su injerencia en la estabilidad financiera, económica y social.
Pese a medidas de corte keynesiano, luego de la crisis subprime, vemos un enfoque estrictamente monetarista, que aboga por la austeridad y reducción del gasto público, que lejos de resolver la crisis, la agrava y prolonga.
Con una deuda pública de 80% del PIB en la Unión Europea, es indispensable implementar un sistema de control fiscal coordinado, que sólo tiene sentido si es capaz de generar crecimiento y empleo. Se deben combinar los preceptos de Keynes con los de Shumpeter.
Recordar las “trampas” de la austeridad en una crisis, pero también políticas que aceleren la innovación, con cooperación entre las grandes corporaciones, impulso de las Pymes, start ups, financiamiento más agresivo para la investigación y fortaleciendo los sistemas de entrenamiento y educación superior que han sufrido los embates de las medidas restrictivas.
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