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Juan Carlos Méndez, economista |
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La catástrofe sufrida por el país ha significado dolor, destrucción de riqueza y necesidad de reconstrucción de esta, urgencia de justicia temporal y más aún intertemporal, capacidad macroeconómica para guiar las principales variables (tasa de interés; remuneraciones; y tipo de cambio) de forma de ayudar a la reconstrucción evitando distorsiones que el corto plazo puede imprimir en el desarrollo del largo plazo, y por cierto, dentro de nuestro alcance, informar y orientar lo más acertadamente posible a los actores de toda economía. No es necesario ahondar en el dolor que se ha generado, pero si es menester destacar la capacidad de superación que todos, sin distinción, han demostrado. Esta breve opinión se centra en una de las partes de la vida, cual es la economía. Chile ha sufrido una destrucción de su riqueza productiva y patrimonial sin precedentes. La pérdida de esta ha sido generalizada: hogares, sistema productivo y patrimonio cultural. En el sistema productivo esta ha sido más inmisericorde en aquella parte que ha sido la viga maestra de nuestro desarrollo. En nuestras ventajas comparativas. Chile es un país exportador y sustituidor de importaciones de volúmenes. Productos del mar y los lagos, bienes agrícolas, madera, minerales, productos primarios procesados. Todo eso y sus complementos logísticos, tales como infraestructura vial, puertos y aeropuertos han sufrido daños significativos. Los hogares de miles de chilenos, escuelas, hospitales y patrimonio cultural requieren reconstruirse. Para ello será preciso importar ahora, pues mucha de la capacidad de abastecimiento nacional ha quedado dañada y requerirá de recursos y tiempo para volver a producir. El flujo de exportaciones y de bienes sustitutos de importación solo se reiniciará una vez que se ponga en acción, inicialmente en forma precaria, el capital que se pueda reconstruir. Los inicios de la reconstrucción de riqueza serán difíciles y demandarán tiempo para generar los primeros flujos. En términos de justicia, no cabe duda que los recursos necesarios deben provenir esencialmente de nosotros mismos más que de la ayuda internacional, de la que tenemos la mayor de las gratitudes. Pero los recursos provendrán de los propios chilenos. Esos chilenos somos los que hoy estamos pisando el suelo patrio y aquéllos que harán camino en el futuro. Lo anterior significa que, quienes vivimos el presente, debemos cuidar que el peso de la reconstrucción recaiga sobre quienes más podemos soportarlo y evitar que los más débiles carguen con más de lo debido. Sin embargo, el futuro no está exento de deberes. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos deberán asumir su cuota de participación en la reconstrucción nacional. La manifestación formal de este compromiso se expresa a través de las fuentes de financiamiento de la superación de la emergencia y de la reconstrucción. Esta no es otra que la emisión de deuda por parte del gobierno, a plazos largos. Lo suficientemente largos como para que los nietos de nuestros hijos se sientan parte de la solución a una tragedia que ocurrió el 27 de febrero de 2010. Esta es la ineludible justicia intertemporal de la solución a las aflicciones del presente. Si las orientaciones macroeconómicas, no solo en el financiamiento, no son acertadas los costos de la reconstrucción serán mayores. Aún más, pueden generar destrucción. Es justamente en circunstancias como las actuales, en que las distorsiones económicas cobran la mayor cantidad de víctimas. Momentos de acierto y desacierto, tan cruciales como el actual, son muy pocos en la historia de un país. Mucho tiempo ha pasado desde 1776, en que Adam Smith escribió La Riqueza de las Naciones, pero la esencia del origen de ésta sigue siendo la que él señaló. No nos equivoquemos, para reconstruir necesitaremos bienes que tendremos que importar, tardaremos un tiempo no despreciable en normalizar nuestros flujos de exportación (no cupríferos) y sustituidores de importación. No podemos descansar en la alcancía de los fondos soberanos. Más aún, no debemos permitir que dichos ahorros sean la distorsión cambiaria de corto plazo que obstaculice los esfuerzos de la reconstrucción de un país eminentemente ligado al comercio exterior. Amenazas como los capitales golondrinas deben ser enfrentadas, pues en una economía abierta- y que debe permanecer abierta- el más volátil de los capitales es justamente este. Nuestro Banco Central debiese imponer un encaje variable e impredecible diariamente, de suerte que este tipo de especulación sea altamente riesgoso. Con ello, se ayudará al financiamiento que requiere el fisco, pues dentro del portafolio de los inversionistas tales capitales especulativos requerirán un premio muy elevado… tanto que tal vez no sean alternativa de inversión. La tasa de interés, por otro lado, no puede ser mirada en forma estática, y por ello el financiamiento público debe ser a muy largo plazo, de forma que generaciones futuras carguen con parte sustantiva del peso que significa el traer valores futuros al presente, transformándose en codeudores solidarios de la reconstrucción nacional. Tenemos menos riqueza. Tenemos menos capital y querámoslo o no, la productividad de la mano de obra disminuirá transitoriamente. Hoy, más que nunca, es el momento de preocuparse del empleo y de evitar presiones salariales que solo traerán miseria. Los subsidios a la demanda, centrados en los hogares más golpeados, son urgentes y requieren de gran precisión en su identificación y de la mayor de las eficacias en su asignación. La clase media chilena requiere no solo ayuda para reconstruir sus viviendas, requiere créditos para seguir educando a sus hijos… requiere de un subsidio directo.
En síntesis, financiamiento de la reconstrucción básicamente con emisión de deuda fiscal, imprimirle un alto riesgo a los capitales golondrinas, cuidar el empleo mirando con gran recelo presiones salariales y finalmente subsidiar la demanda -pues nadie mejor que el propio afectado sabe como asignar- incluyendo eficazmente a la clase media. Es preciso, al más breve plazo, que nos convenzamos de la trayectoria temporal de los tres numerarios de la economía: salarios que difícilmente subirán; tipo de cambio que subirá; tasa de interés presente que el futuro debe subsidiar.
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