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Economía
¿Chicago Tiene la Culpa?

Los escándalos que sacuden a Chile no son culpa del modelo ideado por Milton Friedman, sino de un esquema híbrido, alambicado y capturado por unos pocos que creen estar por sobre la ley y desafían a una autoridad debilitada.

viernes, 22 de enero de 2016 15:36

Nada más distorsionado y desinformado que acusar al modelo económico de lo que está sucediendo en Chile. 

La buena idea de hacer una película -mal lograda- de los Chicago Boys, puso en el tapete un tema que cualquier economista serio está obligado a admitir: el sistema económico imperante en nuestro país está muy lejos de lo que ideó Milton Friedman. Se podría apostar que el premio Nobel se revolcaría en su tumba si supiera que se apunta a sus postulados como los responsables de la inaceptable concentración del ingreso y la brutal inequidad que impera en este rincón del mundo.

El punto inicial de la escuela de Chicago es la teoría del libre mercado, lo que dudosamente está vigente en Chile. Porque la realidad actual es que los mercados, lejos de ser libres, ya tienen dueño. Y lo que se supone era la fuente de riqueza de la sociedad, terminó por engrosar los bolsillos de unos pocos. 

Fue así que un grupo de grandes empresas se apropiaron del sistema y transformaron la economía de mercado en una economía de intereses. A buen ritmo fueron adquiriendo –y a veces expropiando- compañías de diferentes tamaños, con la anuencia de una autoridad que no comprendió su rol. Faltó la mirada vigilante, previsora; en cambio fue permisiva y diligente, frente a la voracidad de grupos económicos de corto linaje. 

Mientras tanto, el papel que debía cumplir el Estado –focalizarse en los pobres- no pareció suficiente a las autoridades de turno. Comenzó a subir de peso y a tomar más protagonismo, y con generosidad cobijó a sus partidarios hasta transformarse en el mejor empleador del país. Siempre hambriento de impuestos, salió al mercado a invertir y malgastar, ocupando espacios que el modelo reservaba al sector privado, sin importar la eficiencia del gasto fiscal ni la evaluación social de los proyectos.

Terminó el siglo XX y se inició una nueva década, con la cual surgieron paradigmas que ensuciaron aún más el modelo. Desde entonces reina la puerta giratoria en un libre tránsito entre el sector público y el privado, mientras el tráfico de influencias y de información privilegiada, todo lo consigue. Son pocos los que se escandalizan de que ex reguladores trabajen en empresas a las que poco antes fiscalizaban. La vocación por el servicio público es una rareza en los tiempos del “¿cómo voy yo en la parada?”

Era cosa de tiempo que explotara el sistema, aunque hay que reconocer la labor de la FNE presidida por Felipe Irarrázabal que ha tenido mejor vista y olfato que sus predecesores. Así llegamos a la era de la colusión y los carteles, cuyo síntoma hace rato era elocuente: Chile es un país extremadamente caro por la falta de competencia. Obvio, el sobreprecio se instaló en los más diversos rubros: desde los supermercados hasta las navieras.

Basta de cinismo. Los escándalos que sacuden a Chile no son culpa del modelo de Chicago, sino de un esquema híbrido, alambicado y capturado por unos pocos que creen estar por sobre la ley y desafían a una autoridad debilitada. 

Nuestro país necesita reinstalar los preceptos de la escuela de Chicago y revivir los axiomas de Friedman: recuperar los mercados; fortalecer la competencia; jibarizar el Estado, y devolver a la población la fuente de riqueza y bienestar que el modelo brinda. Es la manera de cuidar la democracia.

¿Escépticos? Nueva Zelandia es un ejemplo de lo que se puede lograr si se hacen bien las cosas.






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